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 Canción de Amor

de Gustavo Roldán










Barbapedro
 de Graciela Cabal


Barbapedro era mi tío marinero.

Cuando yo lo conocí, Barbapedro vivía en un viejo barco de carga, allí en el Riachuelo.

Vivía solo. Bueno, solo es un decir. Vivía con un gato montés rengo y casi ciego, un gallito pintado que comía con servilleta, un mono que tomaba mate cocido en jarro de lata y muchos, muchísimos pájaros.

Cuando mi tío pasaba, siempre vestido de negro, con su barba enrulada y sus pelos larguísimos al viento, la gente de La Boca se codeaba con disimulo y se hablaba en la oreja.

Pero mi tío bajaba a tierra muy de cuando en cuando.

—La tierra me da calambres. Los malditos me mueven el piso —decía mi tío mientras volvía tambaleándose a su barco.



—¿Quiénes son los malditos, tío? —preguntaba yo.

Para qué. Mi tío Barbapedro nunca contestaba. El no era como otras personas a las que uno les pregunta "¿Qué hora es?" y contestan, por ejemplo, "Las ocho y media", o "Las cinco y cuarto". No, señor. El solamente hablaba de lo que le daba la gana.

A veces estaba días sin abrir la boca. Otras veces hablaba y hablaba y me contaba historias maravillosas de barcos hundidos, de tormentas terribles, de monstruos del mar.

Con los animales sí que hablaba:

—¿Le anda doliendo la patita? Bueno, bueno, ya se la vamos a arreglar... Y a usted, ¿qué bicho le picó que anda tan triste?

Porque la gente de La Boca, aunque lo miraba de reojo a mi tío, sabía que era el mejor en eso de curar animales enfermos. Por eso se los llevaba.

Un día en que ya no quedaba en el barco ni un poquito de yerba ni un grano de alpiste, mi tío Barbapedro quiso bajar a tierra.

Apenas puso el pie en la tabla para empezar a cruzar, pegó un grito espantoso:

—¡Los malditos me quitan el aire! —y se metió en el barco para siempre.

Mi tío Barbapedro sabía darse todos los gustos.

Si un día se levantaba con ganas decía:

—Me parece que hoy es Año Nuevo.

Entonces ponía el barco de punta en blanco, todo adornado con banderitas de colores y, por unos días, nadie les veía el pelo ni a mi tío ni al barco.

Como trabajador, era trabajador mi tío Barbapedro.

En un barco siempre hay mucho para hacer, ni qué decir con tanto bicho.

Y había que verlo a mi tío cuando se armaba alguna gresca entre los animales:

—¿A qué viene el alboroto, caracho? Usted y usted, ¿andan con ganas de un remojón?


Cada tanto yo me sentía un poco triste. Un día me animé y le dije:

—Tío, ¿me deja traer un amigo del barrio, que lo quiere conocer?

Como siempre, mi tío no me contestó nada.

Entonces yo pensé que sí me dejaba y lo traje a mi amigo.

Cuando mi tío sacó el mate y la pava, nosotros nos acercamos un banquito.

Mi tío le echó al mate cascarita de naranja y después nos miró con unos ojos tan serios que mi amigo se apretó contra mí.

—Tranquilo —le dije a mi amigo.

Entonces mi tío empezó a contar:



—Cuando mi papá vino de Génova, sólo traía tres monedas de oro en la mano...

Y así siguió y siguió hasta que empezó a hacerse de noche.

Mi amigo se levantó y se fue. Tan entusiasmado estaba mi tío, que ni cuenta se dio...

No sé bien cómo pasó, pero poco a poco todos los chicos de La Boca se tomaron la costumbre de ir a oír los cuentos de mi tío.

A veces se venían con algún pájaro lastimado o con algún cachorro que nadie quería...


Mi tío Barbapedro ya era bastante famoso. Hasta gente de otros barrios venía a traerle sus animalitos enfermos.
Señoras perfumadas y señores con chaleco que bajaban de coches brillantes.

Eso sí, mi tío no ponía un pie fuera del barco ni, por supuesto, contestaba preguntas.

Algunos, cuando lo veían, se tapaban la boca con la mano y se iban corriendo. Otros se reían.

La cuestión es que, como muchos no volvían nunca a buscar sus animales, el barco se llenó de tal manera que ya ni caminar tranquilo se podía.

Una noche lo noté raro a mi tío. Dos o tres veces, mientras nos contaba los cuentos, se quedó en silencio, mirándonos a uno por uno con los ojos como cansados.

Pero lo más extraordinario sucedió después, cuando los chicos se fueron y nos quedamos solos.

Entonces yo, de puro distraído, le pregunté sin darme cuenta:

—¿Le pasa algo, tío?

Mi tío Barbapedro, tocándome la cabeza, me dijo:

—Nada, Barbangelito, me siento muy bien hoy... Vaya, vaya a dormir...

No lo podía creer. Por primera vez en la vida, mi tío me había contestado y —lo más extraño— ¡me había llamado por mi nombre!

Mi tío empezó a encender todas las luces del barco y yo me fui para mi casa.

Caminé por la costa. Al darme vuelta, como hacía siempre, pensé que nunca había visto el barco tan iluminado, ni en Año Nuevo...

Parecía una estrella el barco.

Esa noche no pude dormir.

A la mañana siguiente, bien temprano, me fui para el río.

No me sorprendí. Sabía que el barco ya no estaba.

—Va a volver. Uno de estos días va a volver —decía la gente de La Boca.

Pero yo sabía que mi tío Barbapedro se había perdido para siempre en el río.


FIN
Extraído de https://bpcd114.blogspot.com/2020/05/cuento-barbapedro-de-graciela-cabal.html
Una historia de amor
de Graciela Cabal


Allá en el norte de nuestro país, junto a las altas y escarpadas montañas, y hace tantísimos años que ya nadie recuerda cuántos, vivía una jovencita linda como una flor.

Tan linda y tan buena era, que todos los muchachos del lugar suspiraban por ella, con unos suspiros que, de tan fuertes, hacían mover las copas de los árboles.

Los más atrevidos, al verla pasar -con esas trenzas negras y brillantes y esos ojos profundos- no podían dejar de decir, por lo bajo:

–Adiós mi florcita de la montaña…

Había uno, al que llamaban el Cóndor, que siempre se quedaba callado, pero la miraba a la niña de una manera que ella tenía que bajar la cabeza.

Y aunque el Cóndor era el joven más fuerte y bien plantado del pueblo, Flor (como ya le decían todos) no quería saber nada con él. Porque era un bravucón y un pendenciero, y porque siempre andaba por ahí, alardeando de las muchas novias que tenía.

Además había otro motivo verdaderamente más importante; el corazón de Flor ya tenía dueño (aunque eso, tan sólo ella lo sabía).

Kenti -que así se llamaba el afortunado- no era lo que se dice un buen mozo. Más bien era -a qué negarlo- feo y debilucho. Un hombrecito gris e insignificante, una poquita cosa.

Pero el amor -como decía mi abuela y la abuela de mi abuela- es ciego. Y para Flor no había hombre más hermoso, más magnífico, más deslumbrante que su Kenti.

El joven -y en esto no hay nada de extraordinario- también la quería a Flor. Con una pasión loca la quería. Más que a su propia vida. Pero nunca jamás se había animado a decírselo. Porque… ¿qué derecho tenía él, que era menos que nadie, a que lo quisiera la muchacha más hermosa y más buena del mundo? ¿Eh?

Hasta que un día, Flor y Kenti se encontraron de improviso en una vuelta del camino. Y se miraron de frente, a los ojos…

Desde ese momento, el pequeño hombrecito gris y la esplendorosa Flor de la montaña fueron lo que se dice el uno para el otro.

En el pueblo nadie lo podía creer.

-Miralo vos, el mosquita muerta ése.

Bien guardado que se lo tenía el muy falso -decían entre aspavientos los chismosos que nunca faltan.

Pero otros, más entendidos en cosas de la vida, opinaban, moviendo la cabeza:

-Algo le habrá visto la Flor a Kenti… ¡Uno nunca sabe!

El que estaba tan furioso que se lo llevaban los vientos era Cóndor.

-¡Hacerme esto a mí, justamente a mí! -decía entre gruñidos-. ¡Ese mequetrefe esmirriado no tiene idea de con quién se metió! En cuanto a ella -agregaba con ojos sombríos-, me la llevo… ¡Si no es por las buenas va a tener que ser por las malas!

Tan seguro estaba de lo que decía, que empezó a preparar su casa, allá en lo más alto de la montaña, para llevársela a Flor.
Y no dejaba de repetir una y otra vez con una voz que metía miedo:

-¡Ya le voy a bajar los humos a esa cocorita! ¡Faltaba más!

Claro que Flor y Kenti estaban más allá de chismorreos y amenazas.

Y Kenti ya no era el poquita cosa que todos habían conocido.
Ahora se sentía fuerte e invencible y hasta -¿por qué no decirlo?- hermoso. (Dicen que es así como uno se siente cuando alguien lo quiere de verdad.)

Pero un negro día todo cambió.

Fue el negro día que Cóndor, loco de celos, robó a la bella Flor.
Y con ella en brazos, desvanecida de dolor, empezó a trepar la escarpada montaña, rumbo a su casa.

Cuentan los más viejos -y así te lo cuento yo- que a medida que iba subiendo, el apuesto joven se transformaba en un ave de aspecto temible, negro plumaje y pico encorvado.

Cuentan que el ave echó a volar, sosteniendo a Flor entre sus garras, y que llegó hasta la cumbre más alta de la más alta montaña, donde, en una grieta, depositó a la pobre niña.

Cuando Kenti se enteró de lo ocurrido creyó morir.
Desesperado, tomó una lanza, y aunque estaba lleno de rabia y de coraje se dio cuenta de que era poco lo que podía hacer. Así que decidió pedir ayuda.

¿Y a quién iba a pedir ayuda Kenti si no era a la Pachamama, la Gran Madre que cuida los destinos de sus hijos?

A la Pachamama le gustó mucho el pequeño hombrecito valeroso y enamorado. Y para ayudarlo lo transformó en ave: una avecita gris, de pico largo y fino como minúscula lanza.

-Ahora a encontrar a tu Flor -le dijo la Gran Madre mientras lo sostenía en su enorme mano extendida. Y después le dio un soplido, que quiso ser suave, pero con semejante bocaza…

Kenti voló y voló hacia arriba, tan rápido que las alas apenas si se le veían.

Cuando llegó a la cumbre más alta de la más alta montaña, encontró a la niña, todavía sin sentido, en la grieta estrecha y tenebrosa.

Desesperado, Kenti volaba a su alrededor, abanicándola con sus pequeñísimas alas, rozándole apenas los labios, acariciando sus trenzas…

Flor finalmente despertó, y al hacerlo lanzó un grito de horror.

¿Cómo, de qué manera había llegado hasta allí?

Revoloteando, Kenti trataba de hacerse entender. Y Flor lo reconoció (Porque parece ser que los enamorados siempre se reconocen, aun en las más extrañas circunstancias.)

Al principio, Flor se alegró muchísimo, pero después se puso a llorar a los gritos.

¡Aunque ahora estaban juntos ella jamás sería capaz de bajar de esas alturas! Sólo un ser alado podría ayudarla… ¡Y Kenti era tan pequeño…!

Pero el enamorado no se dio por vencido. Y dirigiéndose a las flores, a las rocas, al viento, al río, a la tierra, clamó pidiendo ayuda:

-¡¡Por favor, por favor!! ¡Necesito ayuda para salvar a mi novia!

-¿Quién es esa avecita gris tan insignificante que anda metiendo barullo?- preguntaron las flores- Si por lo menos llevara nuestros colores podríamos hacer un esfuerzo y entender lo que pide… Pero con ese horrible color seguramente que no tiene nada importante que decir.

-¿Qué es lo que le pasa a ese minúsculo pajarito gris? -preguntaron las rocas al viento.

-No sé ni me importa -rugió el viento-. Siempre desconfié de las cosas grises, de chiquito nomás.

-Yo sé lo que dice -gritó el río-. Es un enamorado que pide ayuda para salvar a su novia…

-¿Enamorado? -la voz de la tierra sonó desconfiada-. No lo creo. Tengo entendido que los enamorados llevan un arco iris en el lugar del corazón. Y ese bichito gris -agregó desdeñosa-, evidentemente no tiene ningún arco iris en ninguna parte.

-¡¡Por favor, ayúdenme!! -seguía gritando Kenti mientras volaba enloquecido de un lado al otro.

-¡Que nos muestre los colores del arco iris y entonces lo ayudaremos! -dijeron las flores que ya estaban empezando a ablandarse.

-Nosotras también -afirmaron las rocas después de consultarse con la mirada (aunque parecían duras e inflexibles, también ellas tenían su corazoncito.)

-Y nosotros, por supuesto -dijeron el río y la tierra, que nunca querían ser menos.

El viento, que era un comedido, llevó el mensaje a Kenti.

De nuevo el avecita voló y voló en busca de la Pachamama.

-Gran Madre -le dijo-, vos que sos poderosa… ¡dame los colores del arco iris y así podré salvar a mi novia!

-Sea -dijo la Pachamama, que en general era de pocas palabras.

Y con su manaza gigantesca cubrió el cuerpo tembloroso, que en ese mismo momento se tiñó con los colores más espléndidos y brillantes del arco iris.

Como una joya alada, Kenti ascendió por el aire, tan velozmente que sus alitas multicolores apenas se distinguían. Y mientras subía iba gritando:

-¡Mírenme ahora! ¿Tengo o no tengo el color de los enamorados? ¿Eh?

-¿Quién lo duda? -dijo la tierra- Eso cualquiera lo puede ver…

-Hechos y no palabras -saltaron las rocas, mientras en medio de un estruendo infernal se iban acomodando para formar una gigantesca escalera.

-Para que no se lastimen los piecitos de la novia -susurraron las flores, entretejiéndose en una alfombra perfumada y colorida que cubrió los inmensos escalones.

-No tengas miedo de caerte, linda -rugió el viento que, sopla aquí, sopla allá, había fabricado una apretada red de lianas y enredaderas.

Entonces Flor, conducida por Kenti, empezó a bajar la escalera.

Al llegar al río, que corría caudaloso y en cascadas, los dos se detuvieron.

-Tranquila, Flor -dijo el río. Y se agachó, manso como un corderito.

-Un puente, aquí hace falta un puente -dijo la tierra.

Y en menos de lo que canta un gallo construyó uno, fuerte y seguro, que atravesó el río.

Con paso cada vez más firma, Flor seguía adelante. ¡Dentro de poco estaría junto a los suyos! Y eso gracias a Kenti…

De pronto la niña lanzó un grito.

Cóndor, el temible Cóndor, volaba hacia ella, rápido como una flecha, con las garras preparadas para llevársela de nuevo a las alturas. Pero la Pachamama, que había tenido un mal presentimiento mientras dormía la siesta, se apareció de repente.

-Éste ya me cansó -pensó mirándolo al Cóndor de reojo. (Después de todo la Pachamama también puede perder la paciencia.)

Y parece que el Cóndor le leyó los pensamientos a la Gran Madre, porque calladito y con las plumas por el suelo, pegó media vuelta y se fue como había venido.

Entonces la Pachamama la miró a Flor. Y después lo miró a Kenti, que apenas tenía la altura del dedo meñique de su novia.
No se sabe bien qué fue lo que se le cruzó por la cabeza a la Pachamama. Lo cierto es que con gesto preocupado lanzó aquella famosa frase:

-¡Esto así no va!

Y tomando a la muchacha en su enorme manaza, la fue achicando de a poquito (la verdad que la pobre chica no ganaba para sustos), hasta que la dejó convertida en una Flor pequeña, colorida y fragante, justito justito para alguien como Kenti, el picaflor.

-Ahora sí -se sonrió la Pachamama-. Nunca nadie los podrá separar.

Y se fue con paso cachaciento, a seguir durmiendo la siesta.



FIN
Extraído de https://bpcd114.blogspot.com/2017/01/una-historia-de-amor-por-graciela-cabal.html
LOS REYES NO SE EQUIVOCAN
de Graciela Cabal


Julieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos.

–Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura.

Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olorosa a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros.

–Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía.

¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiqui toc toc.

Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes.

–¡Julieta! –dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer...

A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado del arbolito.

Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida.

A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro.

–¿Viste, nena? –dijo la mamá–. ¡Un perro, como vos querías! Mirá: si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas...¿Estás contenta?

No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado?

Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando:

–¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!!

La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue: –¡Ay, mi Dios querido!

Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío...



FIN
Extraído de https://bpcd114.blogspot.com/2017/01/los-reyes-no-se-equivocan-de-graciela.html
MIEDO
de Graciela Cabal


Había una vez un chico que tenía miedo.

Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.

Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.

Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.

Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho miedo tenía ese chico.

Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).

Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:

—¡Basta de andar teniendo miedo, vos! —le dijo—. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era chico!

Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:

—¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!

El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las personas altas, a las personas bajitas. Y también a los jarabes amargos, a los retos y a las burlas.

Mucho miedo seguía teniendo ese chico.

Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.

Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.

El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá. Y fue ahí que vio a una persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama. Blanco y negro era el perro. Con manchitas. Muy flaco y muy sucio estaba el perro.

Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.

Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.

La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue. Y el chico volvió al banco. Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.

—No es de nadie —dijo el chico— ¿Lo llevamos?

—No —dijo la mamá.

—Sí —dijo el chico—. Lo llevamos.

En la casa la mamá lo bañó al perro. Pero el perro tenía hambre. El chico le dio leche y un poco de polenta del mediodía. Pero el perro seguía teniendo hambre. Mucha hambre tenía ese perro.

Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas. Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir. Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.

Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo. Tiene perro.


FIN
Extraído de https://bpcd114.blogspot.com/2011/12/cuento-miedo-de-graciela-beatriz-cabal.html
Velorio con torta
de Iris Rivera

A mí no me gusta ser el del cumpleaños porque ¿viste que todos te corren atrás? Lo que me gusta son los regalos y también que mi hermana revienta porque los grandes me hablan todos a mí. Y que va a venir mi abuela y la tía Angelita que vive lejos, pero ese día viene. Y mi padrino, que me hace adivinar con pistas lo que me va a traer.

Todo eso me gusta, pero las animadoras, no. No las quiero más. ¿Por qué hay que jugar a lo que ellas dicen, a ver?

Otra que me da bronca es que tengo que invitar a todo el grado porque si no, queda mal. Y tengo que invitar a Javier Canteruchi que te patotea, a Nahuel que te pone la traba y a Candelaria que es una chusma venenosa.

Y vas para acá… se te vienen. Vas para allá… se te vienen.

Y siempre, en alguna parte del cumpleaños, me agarra bronca y lloro.



Este año no quise a las animadoras. Contando a mis primos, éramos como cuarenta. Mi mamá estaba nerviosa. Bah… siempre está nerviosa en mi cumpleaños.

No quise a las animadoras y se vinieron los cuarenta: los pibes y las pibas.

Mientras iban llegando estuvo bueno. Abrir los paquetes... Algunos te regalan medias, pero igual.



Empezó bien el cumpleaños, pero al rato, las pibas hinchaban que querían jugar al semáforo. Y los pibes, a la pelota. Mi papá no nos daba la pelota, entonces jugamos al semáforo. Pero, como semáforo rojo es beso, cuando dijeron rojo tres veces, mi papá trajo la pelota. Y se pudrió todo.

Las pibas se ofendían y todo eso que hacen la pibas. Conventillo y eso.

Se empezaron a cruzar por el medio. Mi mamá dijo que le íbamos a sacar la cabeza a alguna, entonces vino mi papá y se llevó la pelota. Pero ya estábamos todos peleados.



Candelaria empezó a juntar pibes y a decir secretos y todos le hacían caso a ella y no me hablaban a mí, menos Mariano y Matías. Con Mariano y Matías empezamos a decir cosas entre nosotros tres. Entonces vino Javier Canteruchi y le pegó un empujón a Matías. Entonces Mariano le encajó una piña a Javier Canteruchi. Entonces yo me metí y se armó la guerra.

Mi papá vino a separarnos y me sacó de la guerra y mi mamá me llevó adentro y me dijo que por qué las dejaste a tus compañeritas de lado. Con cara de muy enojada me lo dijo. Yo qué sé, la cosa es que este año también lloré. Mi mamá también lloró porque ¿para esto me rompí toda?, decía. Y yo ahora me tenía que quedar adentro hasta que lo pensara bien.

Lo pensé bien enseguida porque me estaba perdiendo mi cumpleaños, pero cuando pude salir de pensarlo bien, las pibas estaban contra la pared y los pibes caminaban mirando para el piso. En eso llega la tía Angelita, la que vive lejos, y dice:

–¡Uh! Siempre la misma distraída, yo… vengo a un cumpleaños y me meto en un velorio…

Y se dio vuelta para irse, pero mi mamá, que se estaba sonando los mocos, le dijo:

–Pará, pará… vení que este velorio es con torta.

Y mi abuela aprovechó para prender las velitas. Yo también me soné los mocos y todos me cantaban:


Feliz, feliz en tu día,
ojalá que te pise un tranvía.


¿Sabés cómo gritaba Candelaria en esa parte? Suerte que tranvías no hay más porque si no, más que seguro me pisaba.



FIN
Extraído de https://ciengarabatos.blogspot.com/2019/01/velorio-con-torta-de-iris-rivera.html
LA CASA DEL ÁRBOL
de Iris Rivera


¡Otra vez me mandaron al rincón y me quedo sin ver los dibus de la tarde!

Fue por el pino que compró mi papá. Y porque se vació el tanque de agua mientras dormía la siesta mi hermanita… (Que se durmió mi mamá también, como dos horas). Y justo cortaron la luz. Y nosotros, sin agua. Y yo, al rincón.

La luz ya vino, pero igual me quedo sin ver los dibus de la tarde.

Es alto hasta mis rodillas, el pino. Mi papá lo plantó en el terreno. En el fondo lo plantó.

Yo tengo tres amigos: Matías, Leandro y Mariano. Con Fernando que soy yo, somos cuatro.

Nos divertimos joya en el terreno. Y más cuando duerme la siesta mi mamá. Y más ahora que está el pino que me llega hasta las rodillas. Porque cuando el pino crezca y se venga más alto que el techo, nosotros planeamos hacernos una casa. De esas casas en el árbol nos vamos a hacer. La vamos a armar con maderas. Ya estamos juntando los palos en el fondo.

Hicimos una pila y Matías las tapó con bolsas por si llueve. Leandro trajo una lata de la casa de él y ahí guardamos los clavos. El abuelo de Mariano nos dio un montón y el tío capaz que nos presta en martillo, porque mi papá esas cosas dice que no me presta. Que por ahí me reviento un dedo, dice.

Yo sé dibujar bien y por eso soy el que tengo que hacer los planos. Ya hice unos y mis amigos estaban de acuerdo.

Pero mi hermanita me los mamarrachó todos. Yo, de bronca, le escondí la muñeca articulada y la hice llorar a los gritos pelados. Un poco también por eso me mandaron al rincón. Y más bronca me da porque ahora tengo que hacer los planos de nuevo.

La casa del árbol va a tener una escalera para poder subir cuando estemos abajo y para poder bajar cuando estemos arriba. Es fácil hacer una escalera, porque ponés dos palos así y después les vas clavando palitos cortos así, así y así. Es fácil si te prestan el martillo.

También va a tener el techo de palos con hojas y ramas por arriba para que sea más fresca adentro.

Le vamos a hacer una puerta que se abra y con cortina y todo. La cortina es fácil porque la hacemos con un trapo de la bolsa de mi mamá. Si tenés calor la atás con un hilo en el medio y listo. Así entra aire.

A la siesta nosotros vamos a estar en la casa del árbol. Y a la noche también. Yo no tengo miedo. Mariano tampoco. Total…nos conseguimos una linterna como las que hay en mi cocina, pero que tenga pilas. A la linterna la colgamos del techo con un alambre. En el galpón de mi casa hay un rollo así de alto de alambre.

Nos podemos hacer una mesa también, Matías sabe. Y nos llevamos juegos y chizitos. ¡Joya! Nos podemos hacer camas con unas colchas viejas.

Mi abuela tiene. Capaz me preste. Y después estamos ahí, tramamos planes, trucos… ¡va a estar buenísimo!

Capaz que salgo pronto de la penitencia, porque ya vino la luz y mi mama pudo llenar el tanque. Es una exagerada mi mamá. Nosotros no hicimos una travesura grave como dice ella. Ni siquiera fue una travesura eso. Pero no lo quiere entender.

Ya sé que le vaciamos el tanque, que estaba casi lleno. Entre los cuatro, haciendo pasamanos con los baldes se lo vaciamos. Pero ¿Qué quiere mi mamá? El pinito recién me llega hasta la rodilla a mí. ¿No se da cuenta?… ¿Cuánto va a faltar para que hagamos la casa del árbol sino lo regamos bastante, eh?


FIN
Extraído de http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2013/06/cuento-la-casa-del-arbol-de-iris-rivera.html
EL DÍA QUE SE INVENTÓ EL AÑO NUEVO
de Gustavo Roldán

El coatí, la iguana, el tordo, el tapir, el picaflor y la paloma andaban revoloteando de un lado para el otro. Apurados, nerviosos, un poco sin saber qué hacer, se atropellaban a cada rato.

—¡Que se nos viene, que se nos viene encima! ¡Y todavía no terminamos los preparativos! —dijo la perdiz.

—¿Siempre se viene tan de golpe? —preguntó el picaflor, que no sabía nada del asunto.

—¿Quién hace el Año Nuevo? —dijo un pichón de paloma que acababa de salir del cascarón.

Como era época de pichones, el piar y los aleteos, horneros, carpinteros y palomitas se convirtió de repente en silencio.

El sapo llegó justo para escuchar la pregunta.

—¿Qué quién hace el Año Nuevo? Bueno, no hay muchos que sepan eso.

—¿De dónde salen los años? —preguntó el coatí acercándose a la rueda que ya se había formado alrededor del sapo.

—Es una vieja historia, casi de cuando comenzó el mundo.

—¡Cuente, cuente, don sapo! —dijeron a coro—. ¿Cómo eran antes los años?

—Uff… ahí andaban, viejos y arrugados, sin ánimo para nada, más gastados que plumas de víbora.

—Pero, don sapo —dijo la cotorrita verde—, las víboras no tienen plumas.

—Claro que no. Eso es lo que dije. Se les gastaron de tanto esperar, y al final se quedaron sin plumas para siempre.

—¿Y en esa época no había Años Nuevos?

—¡Era más aburrido que portarse bien! No había fiestas, ni cohetes, ni luces de bengala, ni estrellitas, ni buscapiés. Un aburrimiento, qué quiere que le diga.

—¿Y qué hacían cuando llegaba la medianoche?

—Dormían a pata suelta. Ni se imaginaban que se podía hacer otra cosa.

—¡Qué feo! —dijo el coatí.

—¡qué triste! —dijo la cotorrita verde.

—A los que tenemos patas largas —dijo el piojo arriba del avestruz—, eso no nos gusta nada. Nosotros queremos estar siempre de fiesta.

—¿Y qué pasó, don sapo?

—Pasó lo que tenía que pasar. Los sapos pensamos que las cosas no andaban bien y había que hacer algo.

La rueda que escuchaba al sapo era cada vez más grande. Hasta el tigre estaba con los ojos redondos y las orejas paradas para no perderse ni una palabra.

—¿Y entonces, don sapo?

—Ahí nomás pusimos las manos en la masa.

—¡Ah, comenzaron a trabajar! —dijo el picaflor.

—No, m’hijo, pusimos las manos en un plato de masas, para darnos fuerzas.

—¿Y después?

—Después pensamos y probamos un montón de ideas, pero no pasaba nada. No era fácil el asunto.

—¿Y no aflojaron?

—¿Aflojar? Los sapos no aflojamos nunca. Somos bichos de pelea.

—¡Cuente alguna pelea, don sapo! —gritó el tordo pichón.

Mil ojos lo miraron fijo, y el pichoncito supo que había metido la pata.

—Hágame acordar otro día, m’hijo —le dijo el sapo—, no se va a quedar con las ganas.

—Siga, siga, don sapo —dijeron todos—. ¿Qué pasó con el año Nuevo?

—Despacito, despacito, que un Año Nuevo no se hace de una escupida. Seguimos trabajando, hasta que al final se resolvió todo en una explosión.

—¡Se le prendió la lamparita! —dijo el coatí.

—No, una explosión. Inventamos los cohetes.

—¡Los cohetes! —exclamaron todos.

—Claro, y las cañitas voladoras y los buscapiés y las estrellitas y las luces de bengala y los rompetroncos.

—¿Los rompetroncos?

—Ahora se llaman rompeportones, pero entonces no había portones y se llamaban rompetroncos.

—Sí, sí —dijo el piojo, impaciente—, pero ¿qué pasó después, cómo hicieron el Año Nuevo?

—Ahí estoy llegando. Entonces nos juntamos los sapos y a la medianoche, todos juntos, tiramos un millón de cohetes, de cañitas voladoras y llenamos el cielo de luces de bengala.

—¿Y llegó el Año Nuevo? —preguntó el piojo, que estaba a los saltos de los nervios.

—Sobre el pucho. Más nuevito que nunca.

—¿Y desde entonces llega todos los años?

—No, m’hijo. Llega si lo llamamos. Ése es un trabajo que nos pusimos los sapos.

—¿Y si alguna vez no pueden? ¿Y si se olvidan?

—Bah, no hay problema. Siempre va a seguir llegando porque tenemos millones de ayudantes.

—¿Dónde, don sapo? ¿Quién los ayuda?

—Los chicos. Los chicos de todo el mundo. Nunca se olvidan, y tiran cohetes y cañitas voladoras y gritan y se ríen, y el Año Nuevo viene sin perder un instante.

Al piojo le corría una lágrima de emoción, y todos los bichos se rascaban porque la pulga, de puros nervios, saltaba de uno a otro picándolos.

—Bueno, bueno, a no perder tiempo —dijo el sapo—, hay que terminar con los preparativos.

Los bichos salieron contentos y fueron para todos lados a preparar la fiesta.

El sapo quedó sentado, descansando, y murmurando en voz baja:

—Ja, si sabrá de Años Nuevos este sapo.

FIN

Extraído de https://bpcd305.blogspot.com/2019/10/el-dia-que-se-invento-el-ano-nuevo-de.html


Colores sorprendentes hasta en los dientes
de Adela Basch


En este preciso momento en que damos comienzo a un nuevo cuento, vemos algo que nos produce una maravillosa sensación y nos llama muchísimo la atención.

Miramos bien y realmente nos sorprende que frente a nuestros propios ojos haya un gato que es todo, todo, pero todo… ¡rojo!

Le preguntamos cómo se llama. Se va. Parece que no quiere decirnos nada. Pero enseguida está de regreso. Viene con algo. ¿Qué será eso?

Da la impresión de que tiene una pizarra y también un trozo de tiza entre las garras.

Sí. Es eso exactamente lo que trae. Ahora se detiene. Está muy atento. Nada lo distrae.

Se pone a escribir. Las letras van formando palabras:

“Soy el único gato rojo del mundo. Soy rojo desde la punta de la cola hasta el pelo. Si quieren saber cómo me llamo, les digo que mi nombre es Carmelo”.

Estamos verdaderamente sorprendidos. Un gato rojo es algo que hasta ahora no habíamos conocido.
Nunca habíamos visto a uno que fuera de ese modo.

Pero. . . parece que eso no es todo.

¿A qué no saben lo que viene por el camino? ¡Nunca se lo van a imaginar, a menos que sean adivinos!

¡Ahora sí que la ven! Por favor, mírenla bien. Es la única que hay en toda la Tierra. Es completamente verde.
Y es una. . . perra. Tiene verdes las patas y las orejas, el hocico, los dientes y hasta las cejas.


Le decimos que queremos saber cómo se llama. Pero no sabemos si va a contestar. Tal vez no tenga ganas.

Trae un lápiz y un cuaderno, y nos mira con ojos tiernos.

Escribe: “Soy una perra verde, que siempre está contenta y por eso nunca muerde. Verdes son mis ojos, mi lengua y mi piel. Y mi nombre es Isabel”.

¡Esto es asombroso! Estamos conociendo animales maravillosos.

Y parece que hay más. ¡Miren! Llega alguien que no hemos visto jamás. Es un caballo muy joven. Mejor dicho, es un potrillo. Y es totalmente amarillo.


Es de un color realmente bello. Tiene amarillas las crines y el cuello. También los cascos, el hocico y hasta los tobillos.

Por supuesto, le preguntamos cómo se llama. Pero igual que los demás, calla.

Enseguida busca una ramita y escribe en el suelo: “Mi nombre es Marcelo. No hay otro como yo. Soy un potrillo de un color como nunca antes se vio. Soy amarillo por donde se me mire. Algo que no existe ni siquiera en el cine”.

¡Esto es realmente increíble! ¡Algo que no creíamos posible!

Y sin embargo, está claro que las sorpresas no terminaron.

Acá llega alguien de color azul que camina. Y es nada más y nada menos que una preciosa gallina.



Es la primera vez que vemos una gallina del color del mar. Sin duda, es algo que nunca podremos olvidar.

También a ella le preguntamos cómo se llama, aunque estamos seguros de que no dirá nada.

Pero vemos que saca de algún lado una libreta y un crayón de color violeta.

Ya se pone a escribir: “Obsérvenme bien, porque soy alguien que no habían visto aún. Una gallina toda de color azul. Tengo azul el pico y las plumas, la cabeza y toda mi figura. Y los huevos que pongo también son azules. Azul es la cáscara, la clara y la yema. Y si quieren saber mi nombre, les digo que me llamo Ema”.

La verdad es que nuestro asombro es colosal. Es muy grande. Es enorme. Es inmenso. Es un asombro gigante y que no tiene igual.

¿Cómo es posible que exista lo que han visto nuestros ojos? Para empezar un gato todo rojo.

En seguida, una perra completamente verde que siempre, siempre está alegre. Después, un potrillo que por donde se lo mire es amarillo.

Y por último, una gallina totalmente azul, con plumas que parecen hechas de tul.

¿De dónde habrán salido estos animales fabulosos que nunca habíamos visto, ni siquiera con un telescopio poderoso?

Les preguntaremos a ellos mismos, que ya parecen tener una actitud honesta. Tal vez quieran darnos alguna respuesta.

El gato rojo les hace gestos para que escriban todos juntos en la pizarra que trae entre las garras.

Y ahí están apareciendo las palabras, pero todavía no podemos ver lo que dicen porque ellos las tapan.

¡Ahora sí podemos leer sin dificultad y entendemos lo que dicen con absoluta claridad!

Sepan que acaban de hacer un importantísimo descubrimiento. Gatos rojos, perras verdes, potrillos amarillos y gallinas azules existen solo en los libros y en los cuentos.

Los invito a que se pongan en el lugar de algunos de esos animales e inventen una historia que explique por qué será que estos animales no pueden hablar o por qué son de ese color. ¿Les habrán quitado la voz? ¿Quién y por qué? Si escribís algo podés mandarlo al email de la biblioteca. champagnatbiblioteca2020@gmail.com. No olvides de poner tu nombre, grado y división.

Extraído de https://1000garabatos.blogspot.com/2017/10/colores-sorprendentes-hasta-en-los.html

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