Dos amigas famosas
de Silvia Schujer
¿Que si habían sido amigas antes? Para nada. No se podían ni ver. Se la pasaban peleando de un cuento a otro como perro y gato. Como perro y gato que se pelean, claro.
Desde que las habían puesto en el mismo libro —aunque en distintas historias— Caperucita y Cenicienta no hacían más que insultarse, sacarse la lengua o espiarse con maldad.
—¡Sos una tonta! —solía decirle la Cenicienta. Y repetía que sólo a una tonta se la comen los lobos.
—¡Y vos una fregona! —le contestaba Caperucita enojadísima.
Y como en estos casos, en los demás tampoco perdían oportunidad de hacerse rabiar hasta las lágrimas.
Cada vez que Caperucita roja llegaba a la parte del cuento en que debía juntar flores del bosque para su abuelita, Cenicienta le pateaba la canasta y salía corriendo.
Y, cada vez que podía, Caperucita ensuciaba las páginas del cuento de Cenicienta para que su horrible madrastra la hiciera limpiar más y más.
Todo ¿por qué? Quién sabe... Nadie en aquel libro lo entendía.
Y no solo eso, sino que además, estaban hartos de soportarlas. A ellas y los desastres que eran capaces de provocar cuando se peleaban.
Una vez, tirándose de los pelos, rodaron hasta el prólogo y de la fuerza con que cayeron, arrancaron las tres primeras páginas.
Tal fue el bochinche que, entre dimes y diretes, flautas y pitos, por fin se decidió echarlas.
—¡Fueraa! —gritaron a coro los siete enanos de Blancanieves.
Y como Cenicienta y Caperucita no se movieron, fue el propio Gato con Botas quien las puso de patitas en la calle.
De patitas en los estantes, para ser más exactos. Porque el libro del que las habían echado, estaba en el estante de una librería.
Cada una por su lado, pero las dos al mismo tiempo, se aferraron a un tablón como pudieron. Y empezaron a bajar con rumbo al piso.
—¡Mamita querida! —susurró una de ellas.
No conocían la vida fuera del libro, así que en realidad, estaban más asustadas que cocodrilo en el dentista.
Por otra parte, recién cuando tocaron el suelo, se dieron cuenta de lo chiquitas que eran en relación a las personas y...
Apenas si llegaban al tobillo de los chicos. Y esto, que al principio pareció maravilloso para que no las descubrieran, no tardó en convertirse en un flor de problema. Eran tan, pero tan chiquitas que la gente al caminar estaba siempre a punto de pisarlas sin querer.
Caperucita y Cenicienta, entonces, tuvieron que emprender la marcha, esquivando por aquí y por allá, los acechantes zapatos que, ante el menor descuido, podrían aplastarlas.
Habrá sido el susto, sí, del susto, que sin darse cuenta (o sin pensarlo demasiado) se fueron acercando una a la otra, cada vez más hasta darse la mano.
Habrá sido del susto, sí del susto.
Un poco más seguras entonces frente al peligro, salieron a la calle y lograron por fin dar un paseo. Entre zapato y zapatilla disfrutaron de la tarde como nunca. Como amigas, mejor dicho.
Hasta que una hormiga distraída que pasaba las confundió con otras hormigas y se acercó para hablarles.
Al ver ese enorme bicho negro fue tal el horror de Caperucita y Cenicienta que huyeron despavoridas.
Corrieron y corrieron desesperadas. Entre saltos y caídas, piernas y zapatos llegaron a la librería y, sin saber en cual, se metieron en el primer libro que encontraron.
Era uno para grandes. De esos que están llenos de letras y no tienen un dibujo ni por casualidad.
Se escondieron de unas palabras y allí se quedaron arrinconadas quién sabe cuánto tiempo.
Es ahí donde yo las descubrí una tarde mientras leía un libro recién comprado.
Estaban juntas, apretaditas entre dos palabras dificilísimas.
—¿Qué hacen en esta novela? —les pregunté.
Y entonces ellas me lo contaron todo. Con lujo de detalles. Y que se habían hecho tan amigas en esos días que no querían volver más hasta sus cuentos.
—¡Ajáa! —pensé.
—¡Ajá! —volví a pensar.
Y ahí no más decidí escribir esta historia. Papel y lapicera en mano, un cuento nuevo donde Caperucita y Cenicienta no se tendrán ya que separar.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-dos-amigas-famosas-de-silvia.html
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Blancanieves y los siete enanitos
de Pepe Pelayo
Érase una vez una reina, sentada ante una gran ventana, bordando un pañuelo y contemplando, de tanto en tanto, cómo caía la nieve. La soberana era tan dulce, pero tan dulce, que si hubiera tenido nietos, estos hubiesen sido diabéticos.
Una vez se distrajo y se pinchó un dedo con la aguja. El chorro de sangre llegó hasta la nieve que estaba depositada en la ventana.
¡Oh! —exclamó—. ¡Cuán grande sería mi dicha si tuviese algún día una niña blanca como la nieve, con labios tan rojos como la sangre y cabellos tan negros como el ébano del marco de la ventana!
Al poco tiempo fue complacida por las hadas que habían escuchado su ruego. Sin embargo, hubo una pequeña confusión. La niña nació negra como el ébano, de labios blancos como la nieve y de pelo rojo como la sangre. A la soberana le pareció genial de todas maneras y la bautizó con el nombre de Blancanieves, nadie sabe por qué.
Quince años después, la reina falleció por la infección en la herida del dedo que se había hecho en aquella ocasión. Entonces, el rey desconsolado, se casó al día siguiente con la solterona princesa de un reino vecino.
La madrastra de Blancanieves era tan tonta como malvada. Era tan tonta, pero tan tonta, que rompía los jarrones para limpiarlos por dentro con más comodidad. Era tan tonta, pero tan tonta, que se entretenía en inventar una pasta de dientes con sabor a ajo. Así de malvada era también. Se pasaba horas y horas viendo televisión. Incluso tenía un pequeño computador mágico portátil, al que le preguntaba cada cierto tiempo quién era la más fiel telespectadora del reino. Cuando lo hizo después de la boda, el computador le dijo con voz metálica:
—Ser tu hijastra. La más fiel telespectadora ser tu hijastra. Gracias por preferir este software.
La nueva reina se molestó mucho y solo para asustarla —según ella—, corrió detrás de la niña por todo el palacio, insultándola con un cuchillo en la mano.
En vista de la mala onda que había, Blancanieves huyó hacia el bosque.
La niña se extravió, como sucede muchas veces en los cuentos, y así estuvo perdida hasta que encontró a unos enanitos. Blancanieves se asombró al verlos porque eran tan bajitos, pero tan bajitos, que cuando se subían los calcetines no veían nada. Realmente, eran tan bajitos, pero tan bajitos, que cuando se hacían lustrar las botas, les teñían el pelo. Por suerte, los enanitos la recibieron amablemente, incluso la invitaron a vivir en su casa, que era tan chica, pero tan chica, que cuando entraba el sol, uno de ellos tenía que salir. Era tan chica esa casa, que no cabía ni la menor suciedad. Por eso tuvieron que agrandarla con rapidez para Blancanieves.
Los enanos pensaban que al fin habían encontrado a alguien que les leyera libros de cuentos, por la noche, antes de dormir. Pero no sabían lo lejos que estaban de lograr sus sueños, porque ella solo deseaba ver televisión.
Blancanieves trató de llevarse bien con todos, pero su preferido era el séptimo por orden de tamaño. Era tan chico, pero tan chico, que sus compañeros le decían el enano.
A ese, lo convenció para que compraran un televisor de pantalla plana de cuarenta pulgadas y sonido estereofónico. Los enanos nunca habían querido tener uno, pero tanto insistió Blancanieves, que el más chico de ellos lo compró, a pesar de la negativa de los demás.
La niña fue más feliz que nunca. Comía, se lavaba los dientes, se vestía, dormía y hasta hacía sus necesidades fisiológicas delante del aparato. Pero eso sí, solo veía programas de alto rating, como los de concursos, reality show, misceláneos, etc.
Pasaron los días, hasta que la madrastra supo por internet que Blancanieves seguía siendo la más fiel telespectadora. Entonces, urdió un plan para eliminarla. Se disfrazó de promotora de una empresa de frutas y llegó, ofreciendo manzanas envenenadas a la casa de los enanitos.
La niña no quiso abrirle por estar concentrada en una teleserie, la reina se molestó y por la ventana le lanzó con todas sus fuerzas una manzana envenenada con cianuro. La fruta le dio entre ceja y ceja a la niña, dejándola muerta al instante. Un olor a almendras amargas invadió el lugar.
Después de reír y brindar con champán por librarse del televisor, los enanitos lloraron varias horas seguidas. Al otro día, organizaron un glamoroso funeral, como se lo merecía Blancanieves. Invitaron a todos los artistas, animadores y modelos de televisión, pero como ninguno asistió, tuvieron que invitar con urgencia a todas las hadas, gnomos, elfos y unicornios que conocían, incluyendo a un yeti recién avecindado en la zona. Por supuesto, el funeral fue un fracaso, algo así como un programa de televisión de buena calidad, pero de baja sintonía.
Sin embargo, cuando llegó el momento de enterrar a la pobre niña, todo cambió. De repente, al cementerio llegó un príncipe muy conocido como protagonista de teleseries. El espectáculo fue maravilloso: una alfombra roja se desenrolló a sus pies, todo se cubrió de brillos y lentejuelas, se escucharon fanfarrias y la luz de un reflector lo iluminó en su camino hacia el ataúd.
El hermoso príncipe se volvió loco de amor cuando vio a Blancanieves. Por suerte, entre los presentes había un psiquiatra, quien le aplicó sus conocimientos terapéuticos. Al salir el príncipe de su estado traumático, logró darle un beso en la boca a su adorada, en medio de la música cebollenta que se escuchó y la ovación de los presentes. El hechizo se rompió.
La negra Blancanieves con sus labios blancos y su pelo rojo, al despertar y ver al príncipe —para variar—, también se enamoró. Pero otro encantamiento desconocido comenzó a funcionar: el príncipe se convirtió en sapo.
Blancanieves no lo pensó dos veces. Rápidamente besó al príncipe en la boca también y el maleficio se deshizo. Pero no contaban con otro embrujo. Ella se volvió rana al instante. Así estuvieron toda la tarde: un beso, él de sapo; un beso, ella de rana; un beso, él de sapo, un beso, ella de rana. ¡Hasta que a los enanitos se les agotó la paciencia y los detuvieron!
Entonces, los enamorados tomaron una decisión: se casarían de todas maneras, porque de esa forma deben terminar los pésimos programas de televisión que se respeten. Así, alternándose como humanos y animales, la bella princesa-rana y el hermoso príncipe-sapo se unieron en matrimonio. Fue la boda del año.
Y fueron muy felices y tuvieron muchos renacuajos
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-blancanieves-y-los-siete.html
de Pepe Pelayo
Érase una vez una reina, sentada ante una gran ventana, bordando un pañuelo y contemplando, de tanto en tanto, cómo caía la nieve. La soberana era tan dulce, pero tan dulce, que si hubiera tenido nietos, estos hubiesen sido diabéticos.
Una vez se distrajo y se pinchó un dedo con la aguja. El chorro de sangre llegó hasta la nieve que estaba depositada en la ventana.
¡Oh! —exclamó—. ¡Cuán grande sería mi dicha si tuviese algún día una niña blanca como la nieve, con labios tan rojos como la sangre y cabellos tan negros como el ébano del marco de la ventana!
Al poco tiempo fue complacida por las hadas que habían escuchado su ruego. Sin embargo, hubo una pequeña confusión. La niña nació negra como el ébano, de labios blancos como la nieve y de pelo rojo como la sangre. A la soberana le pareció genial de todas maneras y la bautizó con el nombre de Blancanieves, nadie sabe por qué.
Quince años después, la reina falleció por la infección en la herida del dedo que se había hecho en aquella ocasión. Entonces, el rey desconsolado, se casó al día siguiente con la solterona princesa de un reino vecino.
La madrastra de Blancanieves era tan tonta como malvada. Era tan tonta, pero tan tonta, que rompía los jarrones para limpiarlos por dentro con más comodidad. Era tan tonta, pero tan tonta, que se entretenía en inventar una pasta de dientes con sabor a ajo. Así de malvada era también. Se pasaba horas y horas viendo televisión. Incluso tenía un pequeño computador mágico portátil, al que le preguntaba cada cierto tiempo quién era la más fiel telespectadora del reino. Cuando lo hizo después de la boda, el computador le dijo con voz metálica:
—Ser tu hijastra. La más fiel telespectadora ser tu hijastra. Gracias por preferir este software.
La nueva reina se molestó mucho y solo para asustarla —según ella—, corrió detrás de la niña por todo el palacio, insultándola con un cuchillo en la mano.
En vista de la mala onda que había, Blancanieves huyó hacia el bosque.
La niña se extravió, como sucede muchas veces en los cuentos, y así estuvo perdida hasta que encontró a unos enanitos. Blancanieves se asombró al verlos porque eran tan bajitos, pero tan bajitos, que cuando se subían los calcetines no veían nada. Realmente, eran tan bajitos, pero tan bajitos, que cuando se hacían lustrar las botas, les teñían el pelo. Por suerte, los enanitos la recibieron amablemente, incluso la invitaron a vivir en su casa, que era tan chica, pero tan chica, que cuando entraba el sol, uno de ellos tenía que salir. Era tan chica esa casa, que no cabía ni la menor suciedad. Por eso tuvieron que agrandarla con rapidez para Blancanieves.
Los enanos pensaban que al fin habían encontrado a alguien que les leyera libros de cuentos, por la noche, antes de dormir. Pero no sabían lo lejos que estaban de lograr sus sueños, porque ella solo deseaba ver televisión.
Blancanieves trató de llevarse bien con todos, pero su preferido era el séptimo por orden de tamaño. Era tan chico, pero tan chico, que sus compañeros le decían el enano.
A ese, lo convenció para que compraran un televisor de pantalla plana de cuarenta pulgadas y sonido estereofónico. Los enanos nunca habían querido tener uno, pero tanto insistió Blancanieves, que el más chico de ellos lo compró, a pesar de la negativa de los demás.
La niña fue más feliz que nunca. Comía, se lavaba los dientes, se vestía, dormía y hasta hacía sus necesidades fisiológicas delante del aparato. Pero eso sí, solo veía programas de alto rating, como los de concursos, reality show, misceláneos, etc.
Pasaron los días, hasta que la madrastra supo por internet que Blancanieves seguía siendo la más fiel telespectadora. Entonces, urdió un plan para eliminarla. Se disfrazó de promotora de una empresa de frutas y llegó, ofreciendo manzanas envenenadas a la casa de los enanitos.
La niña no quiso abrirle por estar concentrada en una teleserie, la reina se molestó y por la ventana le lanzó con todas sus fuerzas una manzana envenenada con cianuro. La fruta le dio entre ceja y ceja a la niña, dejándola muerta al instante. Un olor a almendras amargas invadió el lugar.
Después de reír y brindar con champán por librarse del televisor, los enanitos lloraron varias horas seguidas. Al otro día, organizaron un glamoroso funeral, como se lo merecía Blancanieves. Invitaron a todos los artistas, animadores y modelos de televisión, pero como ninguno asistió, tuvieron que invitar con urgencia a todas las hadas, gnomos, elfos y unicornios que conocían, incluyendo a un yeti recién avecindado en la zona. Por supuesto, el funeral fue un fracaso, algo así como un programa de televisión de buena calidad, pero de baja sintonía.
Sin embargo, cuando llegó el momento de enterrar a la pobre niña, todo cambió. De repente, al cementerio llegó un príncipe muy conocido como protagonista de teleseries. El espectáculo fue maravilloso: una alfombra roja se desenrolló a sus pies, todo se cubrió de brillos y lentejuelas, se escucharon fanfarrias y la luz de un reflector lo iluminó en su camino hacia el ataúd.
El hermoso príncipe se volvió loco de amor cuando vio a Blancanieves. Por suerte, entre los presentes había un psiquiatra, quien le aplicó sus conocimientos terapéuticos. Al salir el príncipe de su estado traumático, logró darle un beso en la boca a su adorada, en medio de la música cebollenta que se escuchó y la ovación de los presentes. El hechizo se rompió.
La negra Blancanieves con sus labios blancos y su pelo rojo, al despertar y ver al príncipe —para variar—, también se enamoró. Pero otro encantamiento desconocido comenzó a funcionar: el príncipe se convirtió en sapo.
Blancanieves no lo pensó dos veces. Rápidamente besó al príncipe en la boca también y el maleficio se deshizo. Pero no contaban con otro embrujo. Ella se volvió rana al instante. Así estuvieron toda la tarde: un beso, él de sapo; un beso, ella de rana; un beso, él de sapo, un beso, ella de rana. ¡Hasta que a los enanitos se les agotó la paciencia y los detuvieron!
Entonces, los enamorados tomaron una decisión: se casarían de todas maneras, porque de esa forma deben terminar los pésimos programas de televisión que se respeten. Así, alternándose como humanos y animales, la bella princesa-rana y el hermoso príncipe-sapo se unieron en matrimonio. Fue la boda del año.
Y fueron muy felices y tuvieron muchos renacuajos
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-blancanieves-y-los-siete.html
La fiesta de cumpleaños
de Liliana Cinetto
Aquel día, en la biblioteca, a Caperucita Roja se la notaba nerviosa. Iba y venía con la canasta de un lado para otro. No podía quedarse quieta. Es que nunca hasta entonces había podido festejar su cumpleaños. Festejarlo de verdad, con una fiesta en la que todos le cantaran “¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas feliz!”, mientras ella soplaba las velitas y abría los regalos…No, jamás había podido hacer eso.
Y es que ¿para qué iba a hacer una fiesta, si NADIE-NADIE-NADIE iba a poder asistir?
Porque todos aquellos a los que Caperucita quería invitar tenían problemas. Para empezar, su abuelita siempre estaba enferma, en cama. Ni hablar de Blancanieves, que andaba más muerta que viva porque se la pasaba comiendo manzanas envenenadas. O de la Bella Durmiente que dos por tres se pinchaba el dedo con una aguja y dormía más o menos unos cien años. O de la Cenicienta que se disculpaba porque no había terminado de limpiar la casa o no tenía qué ponerse, hasta que llegara el Hada Madrina. O de Gretel que seguía perdida con su hermano Hansel. Que no puedo porque justo tengo que ir a besar un sapo para que se convierta en príncipe, que estoy prisionera en una torre custodiada por un dragón, que me hechizó una bruja… Excusas. Todos ponían excusas y Caperucita se quedaba sin fiesta.
Pero esta vez las cosas eran distintas. Caperucita había planeado esto en cada uno de los trescientos cuarenta y siete mil novecientos doce viajes que había hecho por el bosque para llevarle comida a su abuelita. Y estaba segura de que su idea no podía fallar. Pero igual estaba nerviosa. Miraba el reloj que estaba en la pared a cada rato. Cinco menos veinte, cinco menos cuarto, cinco menos diez…
Faltaban unos minutos todavía. Porque en la tarjetita Caperucita había puesto bien claro:
Te espero el próximo
sábado a las 17 horas en la
biblioteca, para festejar mi
cumpleaños. No faltes.
Sobre la mesa estaba la torta que le había preparado su mamá. Con mucha crema y con frutillas.
Exactamente a las cinco, golpearon TOC-TOC a la puerta.
Emocionada, Caperucita se acomodó la caperuza roja y fue a abrir.
—¡Feliz cumpleaños! —le gritaron las madrastas de Blancanieves y de Cenicienta, el Hada mala que había hechizado a la Bella Durmiente, un par de Brujas, ocho Ogros, un Dragón…
No faltó nadie. Ni el lobo, que llegó un poco más tarde y le trajo de regalo un ramito de flores del bosque.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-la-fiesta-de-cumpleanos-de.html
de Liliana Cinetto
Aquel día, en la biblioteca, a Caperucita Roja se la notaba nerviosa. Iba y venía con la canasta de un lado para otro. No podía quedarse quieta. Es que nunca hasta entonces había podido festejar su cumpleaños. Festejarlo de verdad, con una fiesta en la que todos le cantaran “¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas feliz!”, mientras ella soplaba las velitas y abría los regalos…No, jamás había podido hacer eso.
Y es que ¿para qué iba a hacer una fiesta, si NADIE-NADIE-NADIE iba a poder asistir?
Porque todos aquellos a los que Caperucita quería invitar tenían problemas. Para empezar, su abuelita siempre estaba enferma, en cama. Ni hablar de Blancanieves, que andaba más muerta que viva porque se la pasaba comiendo manzanas envenenadas. O de la Bella Durmiente que dos por tres se pinchaba el dedo con una aguja y dormía más o menos unos cien años. O de la Cenicienta que se disculpaba porque no había terminado de limpiar la casa o no tenía qué ponerse, hasta que llegara el Hada Madrina. O de Gretel que seguía perdida con su hermano Hansel. Que no puedo porque justo tengo que ir a besar un sapo para que se convierta en príncipe, que estoy prisionera en una torre custodiada por un dragón, que me hechizó una bruja… Excusas. Todos ponían excusas y Caperucita se quedaba sin fiesta.
Pero esta vez las cosas eran distintas. Caperucita había planeado esto en cada uno de los trescientos cuarenta y siete mil novecientos doce viajes que había hecho por el bosque para llevarle comida a su abuelita. Y estaba segura de que su idea no podía fallar. Pero igual estaba nerviosa. Miraba el reloj que estaba en la pared a cada rato. Cinco menos veinte, cinco menos cuarto, cinco menos diez…
Faltaban unos minutos todavía. Porque en la tarjetita Caperucita había puesto bien claro:
Te espero el próximo
sábado a las 17 horas en la
biblioteca, para festejar mi
cumpleaños. No faltes.
Sobre la mesa estaba la torta que le había preparado su mamá. Con mucha crema y con frutillas.
Exactamente a las cinco, golpearon TOC-TOC a la puerta.
Emocionada, Caperucita se acomodó la caperuza roja y fue a abrir.
—¡Feliz cumpleaños! —le gritaron las madrastas de Blancanieves y de Cenicienta, el Hada mala que había hechizado a la Bella Durmiente, un par de Brujas, ocho Ogros, un Dragón…
No faltó nadie. Ni el lobo, que llegó un poco más tarde y le trajo de regalo un ramito de flores del bosque.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-la-fiesta-de-cumpleanos-de.html
La fiesta de cumpleaños
de Liliana Cinetto
Aquel día, en la biblioteca, a Caperucita Roja se la notaba nerviosa. Iba y venía con la canasta de un lado para otro. No podía quedarse quieta. Es que nunca hasta entonces había podido festejar su cumpleaños. Festejarlo de verdad, con una fiesta en la que todos le cantaran “¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas feliz!”, mientras ella soplaba las velitas y abría los regalos…No, jamás había podido hacer eso.
Y es que ¿para qué iba a hacer una fiesta, si NADIE-NADIE-NADIE iba a poder asistir?
Porque todos aquellos a los que Caperucita quería invitar tenían problemas. Para empezar, su abuelita siempre estaba enferma, en cama. Ni hablar de Blancanieves, que andaba más muerta que viva porque se la pasaba comiendo manzanas envenenadas. O de la Bella Durmiente que dos por tres se pinchaba el dedo con una aguja y dormía más o menos unos cien años. O de la Cenicienta que se disculpaba porque no había terminado de limpiar la casa o no tenía qué ponerse, hasta que llegara el Hada Madrina. O de Gretel que seguía perdida con su hermano Hansel. Que no puedo porque justo tengo que ir a besar un sapo para que se convierta en príncipe, que estoy prisionera en una torre custodiada por un dragón, que me hechizó una bruja… Excusas. Todos ponían excusas y Caperucita se quedaba sin fiesta.
Pero esta vez las cosas eran distintas. Caperucita había planeado esto en cada uno de los trescientos cuarenta y siete mil novecientos doce viajes que había hecho por el bosque para llevarle comida a su abuelita. Y estaba segura de que su idea no podía fallar. Pero igual estaba nerviosa. Miraba el reloj que estaba en la pared a cada rato. Cinco menos veinte, cinco menos cuarto, cinco menos diez…
Faltaban unos minutos todavía. Porque en la tarjetita Caperucita había puesto bien claro:
Te espero el próximo
sábado a las 17 horas en la
biblioteca, para festejar mi
cumpleaños. No faltes.
Sobre la mesa estaba la torta que le había preparado su mamá. Con mucha crema y con frutillas.
Exactamente a las cinco, golpearon TOC-TOC a la puerta.
Emocionada, Caperucita se acomodó la caperuza roja y fue a abrir.
—¡Feliz cumpleaños! —le gritaron las madrastas de Blancanieves y de Cenicienta, el Hada mala que había hechizado a la Bella Durmiente, un par de Brujas, ocho Ogros, un Dragón…
No faltó nadie. Ni el lobo, que llegó un poco más tarde y le trajo de regalo un ramito de flores del bosque.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-la-fiesta-de-cumpleanos-de.html
de Liliana Cinetto
Aquel día, en la biblioteca, a Caperucita Roja se la notaba nerviosa. Iba y venía con la canasta de un lado para otro. No podía quedarse quieta. Es que nunca hasta entonces había podido festejar su cumpleaños. Festejarlo de verdad, con una fiesta en la que todos le cantaran “¡Que los cumplas feliz! ¡Que los cumplas feliz!”, mientras ella soplaba las velitas y abría los regalos…No, jamás había podido hacer eso.
Y es que ¿para qué iba a hacer una fiesta, si NADIE-NADIE-NADIE iba a poder asistir?
Porque todos aquellos a los que Caperucita quería invitar tenían problemas. Para empezar, su abuelita siempre estaba enferma, en cama. Ni hablar de Blancanieves, que andaba más muerta que viva porque se la pasaba comiendo manzanas envenenadas. O de la Bella Durmiente que dos por tres se pinchaba el dedo con una aguja y dormía más o menos unos cien años. O de la Cenicienta que se disculpaba porque no había terminado de limpiar la casa o no tenía qué ponerse, hasta que llegara el Hada Madrina. O de Gretel que seguía perdida con su hermano Hansel. Que no puedo porque justo tengo que ir a besar un sapo para que se convierta en príncipe, que estoy prisionera en una torre custodiada por un dragón, que me hechizó una bruja… Excusas. Todos ponían excusas y Caperucita se quedaba sin fiesta.
Pero esta vez las cosas eran distintas. Caperucita había planeado esto en cada uno de los trescientos cuarenta y siete mil novecientos doce viajes que había hecho por el bosque para llevarle comida a su abuelita. Y estaba segura de que su idea no podía fallar. Pero igual estaba nerviosa. Miraba el reloj que estaba en la pared a cada rato. Cinco menos veinte, cinco menos cuarto, cinco menos diez…
Faltaban unos minutos todavía. Porque en la tarjetita Caperucita había puesto bien claro:
Te espero el próximo
sábado a las 17 horas en la
biblioteca, para festejar mi
cumpleaños. No faltes.
Sobre la mesa estaba la torta que le había preparado su mamá. Con mucha crema y con frutillas.
Exactamente a las cinco, golpearon TOC-TOC a la puerta.
Emocionada, Caperucita se acomodó la caperuza roja y fue a abrir.
—¡Feliz cumpleaños! —le gritaron las madrastas de Blancanieves y de Cenicienta, el Hada mala que había hechizado a la Bella Durmiente, un par de Brujas, ocho Ogros, un Dragón…
No faltó nadie. Ni el lobo, que llegó un poco más tarde y le trajo de regalo un ramito de flores del bosque.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-la-fiesta-de-cumpleanos-de.html
Otro cuento
de Sol Silvestre
¡Pero esos son cuentos de los hermanos Grimm, que como buenos escritores son un par de mentirosos! Mirá si vas a enamorarte así, a primera vista.
Primero tienen que pasar un montón de otras cosas. Darte cuenta, por ejemplo, de que esa persona es genial. Tener ganas de pasar mucho tiempo con ella. Y reírte a carcajadas y confiarle un secreto y hasta compartir un par de sueños. (¿Y si comemos perdices? ¿Y si el fin de semana nos vamos hasta Muy Muy Lejano?).
Y así, sin que te des cuenta, zas: ¡te enamoraste como un pavote! Y entonces sí te parece la más bella del reino. Y no te importaría que roncara ni que le caiga la baba mientras está durmiendo.
Pero al revés, no funciona. ¡No, señor! Si acepté ir a despertar a la bella durmiente es porque no sabía. Porque hasta entonces nunca jamás me había enamorado y ¿por qué iba a contradecir a mi padre, que insistía con eso de que esa perezosa era lo mejor para mí?
Si no me hubiera encontrado con Maléfica por el camino, quizá el cuento sería otro. Tal vez, el que esos escritores decidieron contar.
Pero lo cierto es que la encontré. Y nos hicimos amigos y nos reímos a carcajadas y nos contamos secretos y hasta planificamos viajar juntos y comer perdices por siempre jamás.
Para papá al principio fue muy duro, claro: Maléfica es un poco tenebrosa. Pero no le quedó otra que aceptarla.
Después de todo los villanos también se merecen ser felices, qué tanto.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-otro-cuento-de-sol-silvestre.html
de Sol Silvestre
¡Pero esos son cuentos de los hermanos Grimm, que como buenos escritores son un par de mentirosos! Mirá si vas a enamorarte así, a primera vista.
Primero tienen que pasar un montón de otras cosas. Darte cuenta, por ejemplo, de que esa persona es genial. Tener ganas de pasar mucho tiempo con ella. Y reírte a carcajadas y confiarle un secreto y hasta compartir un par de sueños. (¿Y si comemos perdices? ¿Y si el fin de semana nos vamos hasta Muy Muy Lejano?).
Y así, sin que te des cuenta, zas: ¡te enamoraste como un pavote! Y entonces sí te parece la más bella del reino. Y no te importaría que roncara ni que le caiga la baba mientras está durmiendo.
Pero al revés, no funciona. ¡No, señor! Si acepté ir a despertar a la bella durmiente es porque no sabía. Porque hasta entonces nunca jamás me había enamorado y ¿por qué iba a contradecir a mi padre, que insistía con eso de que esa perezosa era lo mejor para mí?
Si no me hubiera encontrado con Maléfica por el camino, quizá el cuento sería otro. Tal vez, el que esos escritores decidieron contar.
Pero lo cierto es que la encontré. Y nos hicimos amigos y nos reímos a carcajadas y nos contamos secretos y hasta planificamos viajar juntos y comer perdices por siempre jamás.
Para papá al principio fue muy duro, claro: Maléfica es un poco tenebrosa. Pero no le quedó otra que aceptarla.
Después de todo los villanos también se merecen ser felices, qué tanto.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-otro-cuento-de-sol-silvestre.html
Pobre Lobo
de Ema Wolf
Serían las cinco cuando Caperucita llegó a la casa de su abuela. Por supuesto, adentro estaba el lobo.
—Pasa, nena, está abierto —le dijo cuando escuchó los golpes en la puerta—. Y cerrá enseguida que hace un fresquete...
Caperucita puso la canasta sobre la mesa y se derrumbó en una silla.
—¡Qué voz ronca tenés, abuela! Ni que comieras tuercas. Al lobo le molestó un poco el comentario.
—Es por mi catarro de pecho, querida.
—Te traje caramelos de miel, yogur casero y no sé cuántas cosas más que metió la vieja en la canasta. Pesaba mil esta canasta. Ladrillos habrá puesto. Algo pegajoso se volcó adentro. Ahora que te miro bien: ¡qué boca enorme tenés! ¡Y qué dientes amarillos! ¿Siempre tuviste los dientes así de amarillos?
El lobo se incorporó en la cama para mirarse en el espejo. Tuvo que reconocer que no era una hermosura.
—Son los años, tesoro.
—Serán. Además es la primera vez que te veo los ojos así de colorados.
—Grandes, querrás decir.
—Sí, grandes también, pero yo digo colorados, colorados como los de los conejos.
Eso fue muy fuerte para el lobo. Nunca lo habían comparado con un conejo.
—Son para mirarte mejor, querida.
—¿Te parece?
Los comentarios de Caperucita siguieron.
—¡Qué orejas inmensas tenés abuela!
—Son para escucharte mejor.
—No me parece que hagan falta orejas así para escuchar bien. La gente tiene orejas normales y escucha lo más bien. ¿Y por qué tenés las uñas tan torcidas?
El lobo escondió las manos debajo de la frazada.
—Y decime, ¿cuánto calzas? Nunca vi unos pies tan grandes. Ni el tío Cosme tiene los pies de ese tamaño.
El lobo escondió las patas.
Caperucita seguía.
—Ese camisón te queda chico. ¿Engordaste?
—Tenes el cuello como, como lanudo..., como estropajoso... ¡Y bigotes!
—De las orejas te salen pelos negros.
—De la nariz también te salen pelos. Y te cuelgan unos m...
—¡Basta! —aulló el lobo.
Lloraba.
Saltó de la cama, tiró la cofia al suelo y se fue sin cerrar la puerta, de lo más deprimido.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-pobre-lobo-por-ema-wolf.html
de Ema Wolf
Serían las cinco cuando Caperucita llegó a la casa de su abuela. Por supuesto, adentro estaba el lobo.
—Pasa, nena, está abierto —le dijo cuando escuchó los golpes en la puerta—. Y cerrá enseguida que hace un fresquete...
Caperucita puso la canasta sobre la mesa y se derrumbó en una silla.
—¡Qué voz ronca tenés, abuela! Ni que comieras tuercas. Al lobo le molestó un poco el comentario.
—Es por mi catarro de pecho, querida.
—Te traje caramelos de miel, yogur casero y no sé cuántas cosas más que metió la vieja en la canasta. Pesaba mil esta canasta. Ladrillos habrá puesto. Algo pegajoso se volcó adentro. Ahora que te miro bien: ¡qué boca enorme tenés! ¡Y qué dientes amarillos! ¿Siempre tuviste los dientes así de amarillos?
El lobo se incorporó en la cama para mirarse en el espejo. Tuvo que reconocer que no era una hermosura.
—Son los años, tesoro.
—Serán. Además es la primera vez que te veo los ojos así de colorados.
—Grandes, querrás decir.
—Sí, grandes también, pero yo digo colorados, colorados como los de los conejos.
Eso fue muy fuerte para el lobo. Nunca lo habían comparado con un conejo.
—Son para mirarte mejor, querida.
—¿Te parece?
Los comentarios de Caperucita siguieron.
—¡Qué orejas inmensas tenés abuela!
—Son para escucharte mejor.
—No me parece que hagan falta orejas así para escuchar bien. La gente tiene orejas normales y escucha lo más bien. ¿Y por qué tenés las uñas tan torcidas?
El lobo escondió las manos debajo de la frazada.
—Y decime, ¿cuánto calzas? Nunca vi unos pies tan grandes. Ni el tío Cosme tiene los pies de ese tamaño.
El lobo escondió las patas.
Caperucita seguía.
—Ese camisón te queda chico. ¿Engordaste?
—Tenes el cuello como, como lanudo..., como estropajoso... ¡Y bigotes!
—De las orejas te salen pelos negros.
—De la nariz también te salen pelos. Y te cuelgan unos m...
—¡Basta! —aulló el lobo.
Lloraba.
Saltó de la cama, tiró la cofia al suelo y se fue sin cerrar la puerta, de lo más deprimido.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-pobre-lobo-por-ema-wolf.html
Caperucita Roja
Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.
Detuve la bicicleta y desmonté. Me sacudí el polvo del camino y la saludé con respeto y alegría. Caperucita hizo con su chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.
–¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
–Quiero regalarte una flor, niña linda.
–¿Esa flor? No veo por qué.
–Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.
–No veo la belleza –dijo Caperucita–. Es una flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
–Mira mi reguero de lágrimas.
–¿Te caíste? –dijo–. Corre a un hospital.
–No me caí.
–Así parece porque no te veo las heridas.
–Las heridas están en mi corazón –dije.
–Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala y me pareció ver en el polvo una sangrienta herida.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo del camino era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui al pueblo y me tomé unas cervezas en la primera tienda. "Bonito disfraz", me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Quise despedazarlos como pulgas pero eran más de tres.
Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
–¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
–Estoy de vacaciones, lobo feroz –dijo–. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
–¿Y qué llevas en el canasto?
–Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
–Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
–Es un experimento –dijo Caperucita–. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
–La receta funciona –dijo–. Voy a venderla, lobo feroz.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:
–Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
–Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.
No podía creerlo.
Le pregunté por qué.
Es una abuela rica –explicó–. Y tengo afán de heredar.
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia.
Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-caperucita-roja-de-triunfo.html
de Triunfo Arciniegas
Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.
Detuve la bicicleta y desmonté. Me sacudí el polvo del camino y la saludé con respeto y alegría. Caperucita hizo con su chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.
–¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
–Quiero regalarte una flor, niña linda.
–¿Esa flor? No veo por qué.
–Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.
–No veo la belleza –dijo Caperucita–. Es una flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
–Mira mi reguero de lágrimas.
–¿Te caíste? –dijo–. Corre a un hospital.
–No me caí.
–Así parece porque no te veo las heridas.
–Las heridas están en mi corazón –dije.
–Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala y me pareció ver en el polvo una sangrienta herida.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo del camino era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui al pueblo y me tomé unas cervezas en la primera tienda. "Bonito disfraz", me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Quise despedazarlos como pulgas pero eran más de tres.
Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
–¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
–Estoy de vacaciones, lobo feroz –dijo–. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
–¿Y qué llevas en el canasto?
–Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
–Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
–Es un experimento –dijo Caperucita–. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
–La receta funciona –dijo–. Voy a venderla, lobo feroz.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:
–Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
–Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.
No podía creerlo.
Le pregunté por qué.
Es una abuela rica –explicó–. Y tengo afán de heredar.
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia.
Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-caperucita-roja-de-triunfo.html
El flautista de Jajamelin, de Pepe Pelayo
Érase una vez, hace muchísimos años y unos días, un lugar llamado Jajamelin. Era una ciudad tan antigua, pero tan antigua, que los semáforos eran en blanco y negro.
En cierta ocasión, Jajamelin fue invadida por una plaga de ratones. Estaban por doquier. En los televisores de todas las casas, bajo las sábanas, en las cañerías, dentro de los platos de sopa. En fin, nadie sabía cómo expulsarlos de sus vidas.
Pero un día, a alguien se le ocurrió la idea de contratar los servicios de un célebre flautista extranjero. Él aseguraba que con su música exterminaría aquella peste. Enseguida una poderosa empresa de bebidas lo trajo, auspiciando el evento. El concertista interpretó magistralmente La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeaus Mozart, mientras caminaba hacia un río, casi en las afueras del pueblo. Y los ratones, embelesados, lo seguían en caravana. Al llegar al borde de un barranco, los roedores siguieron caminando y cayeron al río, siendo arrastrados por la corriente.
Al flautista le regalaron la llave de la ciudad en una gran fiesta. La alegría fue tremenda, pero les duró poco.
Tiempo después, una plaga de hipopótamos invadió Jajamelin. Se les veía en los baños de las casas, subidos en los postes, en el campanario de la iglesia y en las carteras de las señoras. En fin, en todas partes.
Entonces, volvieron a traer al flautista extranjero. El hombre interpretó de nuevo La Flauta Mágica de Mozart, mientras caminaba hacia un barranco, casi en las afueras del pueblo. Y los hipopótamos, embelesados, lo seguían en caravana. Al llegar al precipicio, los animales siguieron caminando y cayeron al río, huyendo aturdidos hacia todas partes.
Al flautista le otorgaron la medalla al Honor en otra colorida fiesta. La alegría fue apoteósica una vez más, pero también les duró poco.
Unos meses después, la pobre ciudad de Jajamelin fue invadida por una plaga de teléfonos celulares. Estaban por doquier. Se instalaban de a dos y hasta de a tres en las orejas de los habitantes. Sonaban en reuniones, durante las siestas, en los momentos de mayor intimidad. En fin, en todas partes y todo el tiempo.
Tuvieron que llamar urgente al famoso flautista extranjero (le avisaron por palomas mensajeras que llevaban correos electrónicos amarrados en sus patas). El músico, al llegar, tocó una vez más La Flauta Mágica de Mozart, mientras caminaba ahora hacia un área sin señal en las afueras del pueblo, donde coincidían el barranco y el río. Y los teléfonos celulares, embelesados, lo seguían en caravana.
Al llegar al borde del precipicio, los aparatos empujaron con violencia al flautista que cayó desde lo alto al río y, avergonzado, nadó contra la corriente usando su flauta como snorkel.
Mientras tanto, los celulares regresaron a la ciudad sonando al unísono sus timbres. Pero quizás como homenaje –vaya usted a saber-, de repente sustituyeron su tradicional ring-ring, por las metálicas y entrecortadas notas de La Flauta Mágica de Mozart, y el Para Elisa de Beethoven, para más tarde cambiar éstas por La Mayonesa y La Gasolina de no sé quién.
Y fueron muy felices… ellos.
FIN
Extraído de https://garabatodearchivos.blogspot.com/2020/01/cuento-el-flautista-de-jajamelin-de.html
Dos versiones de Caperucita y una tercera "revisionada"
CAPERUCITA ROJA
HABÍA UNA VEZ UNA
NIÑA MUY GUAPA. SU MAMÁ LE HABÍA HECHO UNA BONITA CAPA ROJA Y LA MUCHACHITA LA
LLEVABA TAN A MENUDO QUE TODO EL MUNDO LA LLAMABA CAPERUCITA ROJA.
UN DÍA, SU MADRE
LE PIDIÓ QUE LLEVASE UNOS PASTELES A SU ABUELA QUE VIVÍA AL OTRO LADO DEL
BOSQUE, RECOMENDÁNDOLE QUE NO SE ENTRETUVIESE POR EL CAMINO, PUES CRUZAR EL
BOSQUE ERA MUY PELIGROSO YA QUE SIEMPRE ANDABA ACECHANDO POR ALLÍ EL LOBO.
CAPERUCITA
RECOGIÓ LA CESTA CON LOS PASTELES Y SE PUSO EN CAMINO. LA NIÑA TENÍA QUE
ATRAVESAR EL BOSQUE PARA LLEGAR A CASA DE LA ABUELITA, PERO NO LE DABA MIEDO
PORQUE ALLÍ SIEMPRE SE ENCONTRABA CON MUCHOS AMIGOS: PAJAROS, ARDILLAS…DE
REPENTE VIO AL LOBO, MUY GRANDE, ENFRENTE DE ELLA Y LE PREGUNTO: ¿A DONDE VAS?
A CASA DE MI ABUELITA -LE DIJO LA NIÑA,
EL LOBO PENSO QUE NO ESTABA LEJOS.
CAPERUCITA PUSO
SU CESTA EN LA HIERBA Y SE ENTRETUVO CONGIENDO FLORES: -EL LOBO SE HA IDO-
PENSÓ, NO TENGO NADA QUE TEMER. LA ABUELA SE PONDRÁ MUY CONTENTA CUANDO LE
LLEVE UN HERMOSO RAMO DE FLORES ADEMÁS DE LOS PASTELES.
MIENTRAS TANTO,
EL LOBO SE FUE A CASA DE LA ABUELITA, LLAMÓ A LA PUERTA Y LA ANCIANA LE ABRIÓ
PENSANDO QUE ERA CAPERUCITA. UN CAZADOR QUE PASABA POR ALLÍ LO VIÓ TODO. EL
LOBO DEVORÓ A LA ABUELA Y SE DISFRAZO DE ELLA, LUEGO SE METIÓ EN LA CAMA DE LA
ABUELITA.
-ABUELITA,
ABUELITA, ¡QUE OJOS MAS GRANDES TIENES!-SON PARA VERTE MEJOR- CONTESTO EL LOBO
-ABUELITA,
ABUELITA , ¡QUE OREJAS MAS GRANDES TIENES!-SON PARA OIRTE MEJOR, -CONTESTO EL
LOBO-
ABUELITA,
ABUELITA , ¡QUE DIENTES MAS GRANDES TIENES- SON PARA ¡¡¡¡COMERTE MEJORR AAA!!!
Y DICIENDO ESTO, EL LOBO SE ABALANZO SOBRE LA NIÑA Y LA DEVORÓ.
MIENTRAS TANTO,
EL CAZADOR SE HABÍA QUEDADO PREOCUPADO CREYENDO ADIVINAR LAS MALAS INTENCIONES
DEL LOBO Y DECIDIO ECHAR UN VISTAZO A VER SI TODO ESTABA BIEN. PIDIÓ AYUDA A UN
SERRADOR Y LOS DOS LLEGARON A LA CASA DE LA ABUELITA. VIERON LA PUERTA DE LA
CASA ABIERTA Y AL LOBO TUMBADO EN LA CAMA, DORMIDO DE TANTO COMER.
EL CAZADOR SACO
UN CUCHILLO Y RAJO EL VIENTRE DEL LOBO. LA ABUELITA Y CAPERUCITA, ESTABAN ALLÍ
VIVAS. PARA CASTIGAR AL LOBO, EL CAZADOR LE LLENÓ EL VIENTRE DE PIEDRA Y LUEGO
LO VOLVIÓ A CERRAR. CUANDO EL LOBO DESPERTÓ, SINTIÓ MUCHA SED Y SE FUE A UN
ESTANQUE CERCA PARA BEBER. COMO LAS PIEDRAS PENSABAN MUCHO, CAYÓ EN EL ESTANQUE
DE CABEZA Y SE AHOGÓ.
EN CUANTO A
CAPERUCITA Y SU ABUELITA, NO SUFRIERON MÁS QUE UN GRAN SUSTO, PERO CAPERUCITA
HABÍA APRENDIDO LA LECCIÓN. PROMETIÓ A SU ABUELA NO HABLAR CON NINGÚN
DESCONOCIDO QUE SE ENCONTRARA EN EL CAMINO.
DE AHORA EN
ADELANTE, SEGRUIRÍA LAS JUICIOSAS RECOMENDACIONES DE SU ABUELA Y DE SU MAMÁ.
FIN
Extraído de https://www.muchoscuentos.com/cuentos-cl%C3%A1sicos/caperucita-roja/
Caperucita roja
Érase una vez una
preciosa niña que siempre llevaba una capa roja con capucha para protegerse del
frío. Por eso, todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.
Caperucita vivía
en una casita cerca del bosque. Un día, la mamá de Caperucita le dijo:
– Hija mía, tu
abuelita está enferma. He preparado una cestita con tortas y un tarrito de miel
para que se la lleves ¡Ya verás qué contenta se pone!
– ¡Estupendo,
mamá! Yo también tengo muchas ganas de ir a visitarla – dijo Caperucita
saltando de alegría.
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Cuando Caperucita
se disponía a salir de casa, su mamá,
con gesto un poco serio, le hizo una advertencia:
– Ten mucho
cuidado, cariño. No te entretengas con nada y no hables con extraños. Sabes que
en el bosque vive el lobo y es muy peligroso. Si ves que aparece, sigue tu
camino sin detenerte.
– No te
preocupes, mamita – dijo la niña- Tendré en cuenta todo lo que me dices.
– Está bien –
contestó la mamá, confiada – Dame un besito y no tardes en regresar.
– Así lo haré,
mamá – afirmó de nuevo Caperucita diciendo adiós con su manita mientras se
alejaba.
Cuando llegó al
bosque, la pequeña comenzó a distraerse contemplando los pajaritos y recogiendo
flores. No se dio cuenta de que alguien la observaba detrás de un viejo y
frondoso árbol. De repente, oyó una voz dulce y zalamera.
– ¿A dónde vas,
Caperucita?
La niña, dando un
respingo, se giró y vio que quien le hablaba era un enorme lobo.
– Voy a casa de
mi abuelita, al otro lado del bosque. Está enferma y le llevo una deliciosa
merienda y unas flores para alegrarle el día.
– ¡Oh, eso es
estupendo! – dijo el astuto lobo – Yo también vivo por allí. Te echo una
carrera a ver quién llega antes. Cada uno iremos por un camino diferente ¿te
parece bien?
La inocente niña
pensó que era una idea divertida y asintió con la cabeza. No sabía que el lobo
había elegido el camino más corto para llegar primero a su destino. Cuando el
animal llegó a casa de la abuela, llamó
a la puerta.
– ¿Quién es? –
gritó la mujer.
– Soy yo,
abuelita, tu querida nieta Caperucita. Ábreme la puerta – dijo el lobo imitando
la voz de la niña.
– Pasa, querida
mía. La puerta está abierta – contestó la abuela.
El malvado lobo
entró en la casa y sin pensárselo dos veces, saltó sobre la cama y se comió a
la anciana. Después, se puso su camisón y su gorrito de dormir y se metió entre
las sábanas esperando a que llegara la niña. Al rato, se oyeron unos golpes.
– ¿Quién llama? –
dijo el lobo forzando la voz como si fuera la abuelita.
– Soy yo,
Caperucita. Vengo a hacerte una visita y a traerte unos ricos dulces para
merendar.
– Pasa, querida,
estoy deseando abrazarte – dijo el lobo malvado relamiéndose.
La habitación
estaba en penumbra. Cuando se acercó a la cama, a Caperucita le pareció que su
abuela estaba muy cambiada. Extrañada, le dijo:
– Abuelita,
abuelita ¡qué ojos tan grandes tienes!
– Son para verte
mejor, preciosa mía – contestó el lobo, suavizando la voz.
– Abuelita,
abuelita ¡qué orejas tan grandes tienes!
– Son para oírte
mejor, querida.
– Pero… abuelita,
abuelita ¡qué boca tan grande tienes!
– ¡Es para
comerte mejor! – gritó el lobo dando un enorme salto y comiéndose a la niña de
un bocado.
Con la barriga
llena después de tanta comida, al lobo le entró sueño. Salió de la casa, se
tumbó en el jardín y cayó profundamente dormido. El fuerte sonido de sus
ronquidos llamó la atención de un cazador que pasaba por allí. El hombre se
acercó y vio que el animal tenía la panza muy hinchada, demasiado para ser un
lobo. Sospechando que pasaba algo extraño, cogió un cuchillo y le rajó la tripa
¡Se llevó una gran sorpresa cuando vio que de ella salieron sanas y salvas la
abuela y la niña!
Después de
liberarlas, el cazador cosió la barriga del lobo y esperaron un rato a que el
animal se despertara. Cuando por fin abrió los ojos, vio como los tres le
rodeaban y escuchó la profunda y amenazante voz del cazador que le gritaba
enfurecido:
– ¡Lárgate, lobo
malvado! ¡No te queremos en este bosque! ¡Como vuelva a verte por aquí, no
volverás a contarlo!
El lobo,
aterrado, puso pies en polvorosa y salió despavorido.
Caperucita y su
abuelita, con lágrimas cayendo sobre sus mejillas, se abrazaron. El susto había
pasado y la niña había aprendido una importante lección: nunca más
desobedecería a su mamá ni se fiaría de extraños.
Extraído de https://www.mundoprimaria.com/cuentos-infantiles-cortos/caperucita-roja
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